Los mitos urbanos de izquierda y derechas

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Hernán Narbona Véliz

 

La aparente dicotomía entre izquierda y derecha con la cual se establecían las categorías políticas frente al electorado, se revela hoy como una falacia, desmentida por una realidad que muestra una nación que ha internalizado un estilo de vida anclado en la sociedad de mercado, donde las diferencias políticas son relativas y las sensibilidades de la población chilena están generando cada vez más comunes denominadores, que se alejan de los clichés clásicos, dando paso a una visión dialéctica, que da cuenta de la dinámica y compleja realidad que se vive hoy en escenarios globalizados.

 

 

Chile es hoy un país que ha consolidado posiciones en los mercados mundiales, principalmente como proveedor de commodities, productos primarios y semielaborados, pero también desarrollando sectores con producciones e industrias con alta tecnología incorporada, como el hortofrutícola, el vitivinícola, el acuícola. Además, se ha avanzado en un incipiente y multifacético sector exportador de servicios, que ha ido creciendo, con múltiples expresiones de  desarrollo e inteligencia aplicada. Para este año el FMI estima que el PIB per cápita chileno, medido por Paridad de Poder de Compra (PPC), llegará a US$14.299, liderando Chile dentro de Sudamérica. Somos una sociedad abierta al mundo no sólo en lo económico y comercial, sino también en lo tecnológico y en lo cultural. Nuestro país es mercado de prueba para las innovaciones tecnológicas internacionales, hemos internalizado la Internet como lo hiciéramos con la radio hace poco más de un siglo. En los hogares la división de funciones ya no responde a la antigua concepción de padre proveedor, madre a cargo de la casa y los hijos. La mujer incorporada plenamente a la actividad económica busca formas de conciliar roles y dentro de ello la consecuencia es que vamos envejeciendo como país. La sociedad chilena ha mutado, para bien y para mal, las lecturas dependen del ángulo que se quiera aplicar y lo evidente es que en estas complejidades de la vida cotidiana son el reflejo de un modelo de sociedad que hemos hecho entre todos y frente al cual se supone deberían pronunciarse las clásicas izquierdas y derechas de la política moderna.

 

Cuando alguien, en la superficialidad de la etiquetas express, me preguntaba si era de derecha o de izquierda, solía contestar con un “depende con quién me compares”.

Hoy, hasta esa respuesta defensiva requeriría muchas explicaciones. Si aplicásemos el filtro de la consecuencia, separando el decir del hacer, no quedarían títeres con cabeza. Muchos de los que se declaran de izquierda no han tenido escrúpulos para aliarse o servir a intereses privados multinacionales. Muchos políticos de derecha han impulsado o apoyado reformas al modelo económico que eran banderas electorales de los sectores autodenominados progresistas. Después que la Concertación administró el modelo por 20 años, las cúpulas dirigentes que manejaron el poder durante ese período se fueron insertando fuertemente en el sistema, generando alianzas, puentes, vinculaciones entre la política y los negocios, asumiendo que en una sociedad mediática el poder se sostiene con recursos. De ahí a la primacía del pragmatismo que dicta que la función de marketing político demanda disponer de medios; la política dejó de ser asunto de ideologías para pasar a ser un tema de los expertos en marketing y comunicaciones.

 

Cuando la Concertación pierde el gobierno fue precisamente por el cuestionamiento profundo que surgió de sus propias filas, frente a malas prácticas que toleró el pragmatismo político. También fue consecuencia del desencanto por la falta de voluntad política para atender demandas sociales y a la falta de compromiso para efectuar correcciones o cambios mínimos en temas sensibles, tales como el medio ambiente o la previsión social.

 

En estos momentos, la derecha en el gobierno busca imponer su impronta, tomar posiciones de centro y representar sentidas inquietudes de la clase media. Por su parte, la oposición trata de defender el patrimonio del progresismo y busca un rol diferenciado. Pero se debate entre un confrontacionismo destructivo, que llena las redes sociales de epítetos de descalificación; y un colaboracionismo condicionado, que resigna la paternidad de la idea progresista para apoyar lo que sea bueno para la ciudadanía. Sin embargo, al interior de esa oposición, las cúpulas se aferran al poder, sin abrir compuertas, moviendo sus piezas con el pragmatismo de siempre, manteniéndose al interior de los partidos, instrumentos de poder que optimizan el bilateralismo, las hegemonías y disputas de siempre. La derrota no ha abierto espacios a la autocrítica ni a nuevas visiones que refresquen a la coalición autodenominada de centro izquierda. Por su parte, los sectores de la izquierda marxista, con una mínima representación parlamentaria, alcanzada gracias a los pactos con la Concertación, tratan de aglutinar una oposición combativa, rescatan las banderas de los derechos humanos, pero ven con desconcierto cómo el gobierno logra gestionar soluciones en frentes que fueron postergados o desatendidos por la Concertación, y que, por tanto, su impronta de oposición no puede ser la misma que se desplegó en los ochenta en contra de un régimen de facto.

 

En general, la gente de a pie, las comunidades de base, la sociedad civil, las redes sociales, se van manejando con una dinámica propia que poco tiene que ver con las categorías gastadas de izquierdas o derechas.

Una sensibilidad transversal en la sociedad se refiere a la exigencia de probidad en la gestión pública y la privada, al trabajo transparente y a la rendición de cuentas. Mientras se mantenga este divorcio de percepciones, la brecha se profundizará y si el gobierno logra interpretar esa demanda de un Estado que funcione sin corruptelas, que fiscalice con efectividad y donde la igualdad ante la ley comience a ser algo creíble, es altamente probable que los extensos sectores medios emergentes, generaciones de la post dictadura, generaciones 2.0 en materia social, avalen un estilo de hacer política que vaya erradicando las desgastadas etiquetas, por formas de evaluación de la política que tengan que ver con el milenario adagio que señala que por sus obras los conoceréis. La prueba de la blancura la coloca una ciudadanía que ya no comulga con ruedas de carreta.


Periodismo Independiente, Atacama, 19.11.2010

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